Los gritos se escuchan por doquier.
-Oh, Dios, estás siendo absurda.-exaspera él, caminando por la casa, sin saber qué hacer.-¡Esto no tiene ningún sentido!
Ella lo mira, tiene lágrimas en los ojos.
-No tenemos porqué sufrir de esta manera, y lo sabes.-caen de sus ojos silenciosas gotas por sus mejillas.-Creo que lo mejor es que lo dejemos...
Él la mira como si le hubiera dicho que la muerte está tras de sí. Peor aún. La muerte es más fácil de superar, no sientes, pero aquí sí. No puede abandonarla y ella no puede estar hablando en serio. Se acerca a ella en dos zancadas y le seca las lágrimas con las manos, la coge de los brazos, pero no se atreve a abrazarla. La discusión había sido fuerte.
-No puedes estar hablando en serio, no puedo dejarte. No.
-¡Estamos sufriendo, discutimos cada dos por tres...!-se altera ella.
-¡Prefiero discutir contigo que hacer el amor con cualquier otra!-exclama él. Ambos se miran y él la abraza, que rompe a llorar entre sus brazos.
-¿Por qué?-pregunta. Lo sabe, pero necesita oírlo. Odia discutir con él.
-Porque te quiero.-cuncluye con un beso en su pelo.
Tiene que admitir, que por un momento, se vio solo, sin ella. Y por aquella razón la abraza más fuerte. Ambos cierran los ojos. Él llora por dentro, ella lo hace por fuera. El cielo, como señal de desahogo, comienza a llover.
